Relato de una noche de pasión inesperada y todo venid de una web de relaciones
Todo empezó en la habitación del hotel donde me hospedaba por trabajo
Le di mi número de habitación y deje la puerta está abierta." Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, una mezcla de anticipación y nerviosismo que no sentía desde la adolescencia.
Habían pasado tres semanas desde que nos conocimos en esa web. Su perfil decía simplemente "Elena, 30, buscando conversación interesante". La foto mostraba a una mujer con una sonrisa tímida, cabello castaño ondeando sobre sus hombros, ojos que parecían guardar secretos. ( realmente no era ella, pero resultó ser mucho más guapa) En nuestra primera conversación me confesó que su marido trabajaba en plataformas petroleras, tres meses de trabajo seguidos de uno de descanso. "Y ahora mismo lleva fuera noventa y dos días", escribió. "Me siento como un violín sin cuerdas."
Me dijo que había subido escaleras del hotel, evitando el ascensor por miedo a encontrarse con alguien.
Elena entró cuando me encontraba de pie junto a la ventana, e iluminada por la luz dorada del atardecer. Era más hermosa que en sus fotos, con esa belleza madura que solo adquieren las mujeres que han vivido lo suficiente para conocerse. Llevaba un vestido azul marino sencillo que caía sobre sus curvas con una elegancia natural.
"Hola", dijo, su voz un poco temblorosa. "Gracias por invitarme ." y cerró la puerta.
"Gracias por venir", respondí.
El silencio que siguió era espeso, cargado de todas las conversaciones que habíamos tenido por mensaje, de todas las fantasías que habíamos compartido. Ella dio el primer paso, literalmente, cruzando la habitación hasta detenerse a escasos centímetros de mí. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler su perfume - algo floral y discreto.
"Necesito que me beses", susurró. "Necesito sentir algo que no sea esta soledad."
No hubo más preámbulos. Mis labios encontraron los suyos con una urgencia que nos sorprendió a ambos. Su boca sabía a café y sus manos se aferraron a mi camisa como si temiera que yo fuera a desaparecer. El beso se intensificó, lenguas explorando, dientes chocando suavemente en nuestro apuro.
Cuando nos separamos para respirar, ella ya estaba desabrochando los botones de mi camisa. "Quiero verte", dijo, y había una determinación en sus ojos que no admitía discusión.
Mientras yo me despojaba de la camisa, ella se quitó el vestido en un movimiento fluido. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era una revelación: caderas generosas, pechos llenos con pezones oscuros y erectos, una pequeña cicatriz en el bajo vientre que más tarde me contaría que era de una apendicectomía. Era real, tangible, imperfectamente perfecta.
"Eres hermoso", dijo, sus ojos recorriendo mi torso antes de bajar hasta mi entrepierna, donde ya se insinuaba mi erección a través del pantalón.
Ella se arrodilló frente a mí, desabrochando mi cinturón y bajando la cremallera con manos expertas. Cuando mi pene quedó liberado, sus ojos se abrieron ligeramente. Yo soy lo que gentilmente se describiría como bien dotado - veintidós centímetros de grosor considerable. Para algunas mujeres había sido intimidante. Para Elena pareció ser una promesa.
"Eso... eso es exactamente lo que necesito", murmuró, y antes de que pudiera responder, sus labios ya me envolvían.
Su boca era cálida y hábil, sus manos acariciando mis testículos mientras ella tomaba todo mi largo con una determinación que me dejó sin aliento. Cada movimiento de su cabeza era calculado, cada succión una declaración de intenciones. Me apoyé contra la pared, mis manos enredándose en su cabello, perdido en la sensación.
"Espera", jadeé después de unos minutos, temiendo terminar demasiado pronto. "Quiero explorarte a ti."
La levanté suavemente y la llevé hasta la cama, acostándola sobre las sábanas del hotel. Me arrodillé entre sus piernas, separándolas con mis manos. Estaba completamente empapada, sus labios hinchados y oscuros, invitándome.
Bajé mi cabeza y probé su esencia por primera vez. Ella gimió, un sonido gutural que venía de lo más profundo de su ser. Sus manos se aferraron a las sábanas mientras mi lengua exploraba cada pliegue, cada textura. Su clítoris era pequeño y duro como un guisante, y cuando me concentré en él, sus caderas comenzaron a moverse en círculos urgentes.
"Ahí, por favor, no pares", suplicó, su respiración entrecortada.
Continué, añadiendo primero uno, luego dos dedos dentro de ella mientras mi lengua mantenía su ritmo implacable. Su interior era como terciopelo caliente, apretándose alrededor de mis dedos con contracciones anticipatorias. Sentí que se acercaba al orgasmo, sus músculos abdominales tensándose, sus muslos temblando a cada lado de mi cabeza.
"Voy a... voy a..."
Y entonces ocurrió. Un grito ahogado, sus caderas elevándose de la cama, sus dedos enredándose en mi cabello con fuerza casi dolorosa. La sentí convulsionar alrededor de mis dedos, un torrente de calor mojándome la barbilla. Fue un orgasmo largo, profundo, que pareció sacudirla desde los dedos de los pies hasta la coronilla.
Cuando por fin se desplomó sobre la cama, jadeando, tenía lágrimas en los ojos. "Dios mío", susurró. "No recordaba que pudiera sentirse así."
Me deslicé junto a ella, acariciando su costado mientras recuperaba el aliento. "Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?"
"Demasiado", dijo, girándose para mirarme. Sus ojos estaban brillantes, intensos. "Y ahora quiero más. Quiero todo."
Su mano encontró mi erección, que seguía firme y palpitante. "Quiero que me des por delante primero. Quiero verte mientras lo haces."
Me coloqué entre sus piernas, posicionando la cabeza de mi pene en su entrada. Estaba increíblemente húmeda, pero aún así apretada. Empecé a empujar lentamente, sintiendo cómo se abría para recibirme. Sus ojos se cerraron, su boca formó una "O" silenciosa mientras yo penetraba centímetro a centímetro.
"Despacio", jadeó. "Eres... grande."
Continué mi lenta invasión, deteniéndome cuando sentí resistencia, permitiendo que sus músculos se adaptaran antes de continuar. Cuando por fin estuve completamente dentro, ambos estábamos cubiertos de un fino sudor, respirando en sincronía.
"Cariño, por favor, muévete", suplicó.
Empecé con movimientos lentos y profundos, cada embestida un viaje de ida y vuelta al paraíso. Sus piernas se enredaron alrededor de mi espalda, sus talones presionando mis nalgas, animándome a ir más profundo. El sonido de nuestros cuerpos chocándose se mezclaba con nuestros gemidos, con el crujido ocasional del colchón.
Cambié el ángulo ligeramente, y de repente su respiración se cortó. "¡Ahí! ¡Justo ahí!" gritó.
Aceleré el ritmo, encontrando ese punto una y otra vez. Sus uñas se clavaron en mis hombros, dejando marcas que llevaría durante días. El cuarto se llenó con el aroma a sexo y a esfuerzo, con el sonido de nuestra pasión compartida.
"Estoy cerca", jadeé, sintiendo la presión acumulándose en mi base.
"Yo también", dijo ella, sus ojos abiertos y fijos en los míos. "Vamos juntos."
Fue esa conexión, esa sincronización, lo que lo hizo diferente de cualquier otro encuentro sexual que hubiera tenido. No era solo físico; era emocional. Esta mujer que apenas conocía me estaba entregando no solo su cuerpo, sino su necesidad más profunda, su vulnerabilidad más absoluta.
Su segundo orgasmo comenzó como un temblor en sus piernas, extendiéndose por todo su cuerpo hasta que se convulsionó bajo mí, gritando mi nombre en una voz ronca que no reconocí. Eso me empujó por encima del borde, y con un gruñido gutural, exploté dentro de ella, ola tras ola de placer que parecía sacar algo de lo más profundo de mi alma.
Nos derrumbamos juntos, enredados, jadeando, cubiertos de sudor. La habitación estaba en silencio excepto por el sonido de nuestra respiración que gradualmente volvía a la normalidad.
Pensé que había terminado. Pensé que nos quedaríamos así, exhaustos, hasta que decidiera irse. Pero Elena tenía otros planes.
Después de unos minutos, se giró para mirarme, una expresión seria en su rostro. "Todavía no he terminado contigo", dijo, su voz baja pero firme.
"¿Qué quieres decir?"
Ella se sentó en la cama, su espalda contra la cabecera. "Mi marido... nunca ha querido probar ciertas cosas. Hay una parte de mí que ha estado cerrada durante años." Hizo una pausa, tomando aire. "Quiero que me des por detrás."
La declaración me sorprendió. No por el acto en sí, sino por la frialdad con la que lo dijo. Esto no era solo un capricho; era una confesión.
"¿Estás segura?"
"Jamás he estado más segura de algo en mi vida", respondió, y en sus ojos vi la determinación de una mujer que había pasado demasiado tiempo viviendo dentro de límites impuestos por otros.
Se puso de rodillas en la cama, presentándose ante mí con una sumisión que era a la vez rendición y empoderamiento. Su espalda formaba una curva suave que terminaba en sus nalgas redondeadas. Me acerqué detrás de ella, mis manos acariciando su piel.
"Necesitarás lubricante", dijo, señalando hacia su bolso. ( ya venía preparada ….. )
Encontré el pequeño tubo y lo apliqué generosamente, primero en mí mismo, luego en su entrada. Ella gimió cuando mis dedos la prepararon, empujando suavemente, abriéndola.
"Por favor", susurró. "Ahora."
Me alineé, presionando suavemente. Esta vez fue más lento, más deliberado. Ella contuvo la respiración cuando empecé a entrar, sus músculos resistiéndose antes de ceder gradualmente. Cuando por fin estuve completamente dentro, ambos estábamos quietos, adaptándonos a esta nueva intimidad.
Empecé a moverme, y el sonido que salió de su boca era algo entre un grito y un sollozo. Sus manos se aferraron a las sábanas mientras yo establecía un ritmo constante, cada embestida llevándonos más profundo en un territorio que era nuevo para ambos.
Esta vez no había prisa. Tomé mi tiempo, explorando cada ángulo, cambiando la velocidad, encontrando un ritmo que la hiciera gemir con cada movimiento. Podía sentirla acercarse otra vez a su clímax, sus músculos contrayéndose alrededor de mí.
"Fóllame", gritó, perdiendo cualquier vestigio de timidez. "¡Fóllame como si fuera la última vez!"
Sus palabras me encendieron, y dejé ir cualquier restricción. La habitación resonó con el sonido de nuestros cuerpos, con nuestros gemidos, con el chirrido de la cama contra el suelo. Era animal, primitivo, y completamente liberador.
Su tercer orgasmo la tomó por sorpresa, un temblor que se convirtió en un terremoto, sacudiéndola tan violentamente que tuve que agarrarla por las caderas para mantenerla en su sitio. Eso fue suficiente para enviarme por encima del borde, y con un grito ahogado, encontré mi propia liberación.
Esta vez, cuando nos derrumbamos, estábamos completamente agotados. La habitación olía a sexo y la luz del atardecer había dado paso a la oscuridad de la noche. Nos quedamos enredados, sin hablar, escuchando cómo nuestros latidos volvían gradualmente a la normalidad.
Fue Elena quien rompió el silencio. "Esto... esto no volverá a suceder."
Lo sabía. Lo había sabido desde el principio. Esto no era el comienzo de algo; era un paréntesis, una noche robada al tiempo y a las responsabilidades.
"Lo sé", dije, acariciando su cabello.
"Mi marido vuelve en dos semanas", continuó, como si necesitara decirlo en voz alta. "Le quiero. Pero estos meses..."
"No tienes que explicarlo."
Nos vestimos en silencio, cada prenda un velo que volvía a cubrir lo que habíamos revelado. En la puerta, se detuvo y me dio un beso suave, diferente a todos los que habíamos compartido antes.
"Gracias", susurró contra mis labios. "Por devolverme a mí misma, aunque solo sea por unas horas."
Y luego se fue, desapareciendo por el pasillo sin mirar atrás. Yo me quedé en la habitación, respirando el aire que todavía guardaba su perfume, sabiendo que llevaría esta noche conmigo durante mucho tiempo, igual que ella llevaría la memoria de lo que su cuerpo aún podía sentir después de meses de silencio.
No era una historia de amor. Era algo más raro y más precioso: un momento de conexión humana perfecta, dos alivios solitarios que se encontraron en la oscuridad y se recordaron mutuamente lo que era sentirse vivos.
