Esa tarde de marzo en Madrid olía a deseo y a nervios. Tenía 26 años, el corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho. Era solo la segunda vez que iba a dejar que un hombre me follase, y esta vez no venía solo. Una pareja de 50 años había aceptado mi invitación. Llevaban tiempo queriendo estrenarse con el culo de un jovencito… y me habían elegido a mí.
Cuando abrí la puerta, se me secó la boca. Él llevaba una camisa ajustada y vaqueros. Ella… joder, ella era puro pecado: pantalones de cuero negro que se pegaban a sus caderas y una blusa escotada que apenas podía contener sus enormes y perfectos pechos. Nada más verla, mi polla dio un brinco dentro del pantalón. Ya estaba empalmado antes de que entraran.
Nos sentamos en el sofá del salón. Primero con una copa fría, después con las voces más sueltas y las manos más atrevidas. Ella quedó en medio. Pronto los tres nos acariciábamos sin disimulo. Mis dedos se perdían por su escote, apretando y amasando aquellos pechos pesados y suaves mientras le lamía y chupaba los pezones. Ella gemía bajito, disfrutando. Con cada mano agarró una polla: la mía y la de su marido. Nos masturbaba con ritmo lento y experto, sintiendo cómo nos poníamos más duros para ella.
El ambiente ya estaba demasiado cargado. Nos fuimos a la habitación.
Allí nos desnudamos entre besos y lametones. Me comí su coño mientras ella le comía la polla a él. Luego cambiábamos. Bocas, manos y lenguas por todas partes. Cuando ya estaba muy cachondo, ella sacó los juguetes. Se colocó detrás de mí, besándome la espalda mientras me dilataba con cuidado, introduciendo poco a poco los consoladores, abriéndome para su marido.
Yo, mientras tanto, tenía su polla gruesa en la boca, chupándola con ganas para que no se le bajara ni un segundo.
Cuando me sentí listo, me puse a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndole el culo. Él se colocó de pie detrás de mí, la polla brillante de saliva y lubricante.
—Con cuidado al principio… —susurré, pidiendo clemencia.
Entró despacio, centímetro a centímetro. Sentí cómo mi culo se abría para él, cómo me llenaba por completo. Cuando ya la tenía toda dentro, soltó un gruñido de placer y empezó a follarme con fuerza. Embestidas profundas, rápidas, con ganas. Cada golpe me arrancaba gemidos que no podía controlar. El placer era intenso, casi abrumador.
Ella estaba a mi lado, clavándome las uñas en la espalda mientras con la otra mano me pajeaba la polla, dura como el acero.
—Qué bien se ve tu culito abriéndose para él… —me susurraba al oído.
En un momento él jadeó más fuerte:
—Me voy a correr dentro…
Ella sonrió con lujuria y le animó:
—Dale, llénale.
Aquellas palabras me pusieron a mil. Tuve que apretar los dientes para no correrme en ese mismo instante. Cinco embestidas brutales después, él gruñó como un animal y se corrió dentro de mí, llenando el condón mientras su polla palpitaba en mi interior.
Apenas había salido de mí cuando ella se puso a cuatro patas, levantando ese culo perfecto. Tenía el Satisfyer ya colocado contra su clítoris. Me coloqué detrás, agarré sus caderas y la penetré de un solo empujón. Estaba empapada. Empecé a follarla con fuerza, profundo, mientras el Satisfyer vibraba contra ella. Sus gemidos subían de intensidad. Le agarré los pechos desde atrás, apretándolos fuerte mientras la embestía sin piedad.
No aguanté mucho. El placer acumulado era demasiado. Con un gemido largo y gutural me corrí violentamente dentro de su coño, sintiendo cómo sus paredes me apretaban mientras ella también se corría conmigo, gimiendo como loca.
Me dejé caer sobre su espalda, todavía dentro de ella, piel contra piel, sudoroso y jadeante. Le acaricié los pechos y le susurré al oído, casi sin aliento:
—Me ha encantado, vendita madurez…
Nos quedamos unos minutos así, recuperando el pulso. Después volvimos al sofá, brindamos con otra copa y nos despedimos con la promesa de repetir. Todavía nos quedaron ganas de más: queríamos probar que me follara a ella mientras él me follaba a mí, otras posturas, más horas de placer…
Pero esa primera tarde ya fue brutal.
Todavía guardo un recuerdo muy caliente de ellos. Gente real, sin filtros, con ganas de disfrutar. Exactamente como tiene que ser.
