Escrito por D

Ficción
7 ago. 2018


Eran cerca de las 11 y media de la noche cuando me fui del bar. Era una noche clara de verano, por lo que decidí caminar hasta casa por el parque. Al final del aparcamiento, bajo los árboles, había un coche grande, dos hombres que reconocí, ya que eran dos granjeros del pueblo; estaban fumando y tenían la puerta del coche abierta. Escuché un grito y vi a un hombre sentado en la parte frontal y una mujer sobre él, desnuda hasta la cintura y con una falda recogida en su cintura que se movía hacia arriba y bajo sobre su regazo. De repente el hombre que gritó comenzó a follársela bien. Me dio un poco de corte, ya que pensé que tan solo eran unos granjeros follándose a una puta local, pero me comencé a empalmar. Me escondí entre los árboles hasta encontrar una posición desde la que podía observarlos, la mujer se detuvo de repente soltando un gemido mientras se corría. El otro hombre se soltó el cinturón y dijo que dejara salir a la puta. La sacaron del coche y la pusieron de rodillas. De rodillas, se sujetó el pelo para meterse la polla por completo en la boca deseosa. El hombre le puso las manos en la cabeza y la empujaba haciéndola atragantarse para que se tragara la polla, sus caderas se movían a un ritmo estable conforme le follaba la boca. Luego le puso las dos manos en la cabeza y se corrió en su boca. Yo me imaginé su corrida caliente en la boca de esa puta. Fue entonces cuando me di cuenta de que esa era mi mujer de 29 años. Esos tres hombres cincuentones la estaban se la estaban pasando. El hombre se alejó para dejar paso al siguiente, ella lo lamía y chupaba con ansias. Podía ver como me le recorría la corrida por la comisura de los labios. El hombre le abrió las piernas y de una embestida se la metió y se la folló hasta recibir una tercera corrida en su interior. Yo no sabía qué hacer. Estaba completamente empalmado. Esta muy cachondo, pero a la vez esos tres hombres se habían follado a mi mujer como si fuera una puta y, por sus gemidos, a ella le estaba encantando y les pedía que se la follaran más y más fuerte. De repente, mis pantalones se llenaron de mi propia corrida caliente, y me sentí avergonzado de ponerme cachondo ver cómo usaban a mi mujer como si fuera una puta. Decidí regresar a casa. Aún tardó dos horas en volver a casa. Yo pretendí estar dormido y vi cómo se desvestía, se duchó y se metió en la cama. Todo parecía un sueño. Solo me di cuenta de que fue real cuando le olí las bragas por la mañana. Si hubiera sido un hombre y hubiera cogido al toro por los cuernos, quizá s mi vida hubiera sido muy diferente y no hubiera sido un cornudo durante los próximos 25 años como muchos otros.

Me casé con Lesley cuatro días después de que cumpliera veintiún años. Nos habíamos conocido tres años atrás, pero, como muchas parejas, cuando empezamos a salir éramos vírgenes y, dos meses después, cuando recibí un aumento, nos mudamos al sur. En este nuevo trabajo, hacía jornadas largas. Afortunadamente, los vecinos eran agradables. Tenían 10 años más que nosotros, pero nos ayudaron a conocer el área. Nos llevaron a los bares locales y Mike siempre estaba dispuesto a ayudarnos con las típicas tareas de mudarte a una nueva casa. Yo hacía bromas de que Mike estaba más tiempo en nuestra casa que en la suya. Por lo que no me debió de sorprender cuando, un día al volver del trabajo, fui al aseo a mear y me encontré un condón usado. Sabía que no era mío, porque no había tenido sexo desde el fin de semana anterior. Esa fui la primera vez que descarté afrontar la situación, porque tenía miedo de que se fuera. Solo esperaba que la situación se resolviera sola.

Una año después, se quedó embaraza de nuestro primer hijo. Dos años después tuvimos el siguiente. Todo parecía ir sobre ruedas, hasta que empezó a trabajar tres noches a la semana como camarera en el bar local a unos 3 km de distancia. Debería de haberme dado cuenta de los cambios. Al principio, se arreglaba mucho, pero con el tiempo, comenzó a utilizar faldas más cortas y camisetas con más escote. Empezó a llegar a casa cada vez más tarde, pero todo parecía estar bien. Una noche, cuando su madre estaba de visita para cuidar de los niños, decidí sacar a pasear al perro hasta el bar y tomarme una cerca. Así podría acompañarla de vuelta a casa. Llegué sobre las 22:15. Bob, el dueño del bar, dijo que dejaría salir a Lesley antes, ya que no había mucha gente, por lo que me tomé una cerveza. Lo que no sabía yo es que en el aparcamiento trasero, los granjeros locales estaban usando a mi mujer.

Tras esa noche, ella siguió llegando tarde a casa y se metía directamente en la ducha, pero a la mañana siguiente siempre había un cierto olor y manchas de corrida en sus bragas. Una mañana llegó a casa tras las tres de la mañana, borracha y se metió en la cama desnuda sin ducharse. Cuando se quedó dormida, pasé mi mano por su barriga hasta los pelos púbicos. Conforme metía mi mano entre sus piernas, gimió y abrió las piernas. Sentí el líquido pegajoso y frío entre los labios de su coño. Le metí los dedos y parecía que estaba completamente llena de corrida. Cogí parte de la corrida con mis dedos y me la llevé a la boca, probando la corrida de un hombre por primera vez. Con el paso del tiempo, esa ha sido mi adicción secreta siempre que está dormida y, a veces, creo que sabe lo que hago, pero me deja hacerlo para continuar con su vida secreta.

La humillación más grande ocurrió hace 10 años. Nuestro hijo estaba en su último años de universidad y se fue de intercambio con otro estudiante durante un semestre. Tobias, el estudiante de intercambio, llegó para quedarse con nosotros. Tenía 22 años, era musculoso, alto y muy seguro de sí. Lesley se enseñó la zona, lo llevó de compras y flirteaban abiertamente en mi presencia, como si yo no estuviera en la habitación. Durante la tercera semana, me levanté en mitad dela noche, y me di cuenta de que Lesley no estaba en la cama. Me levanté y bajé las escaleras. Al llegar al final de las escaleras, comencé escuchar los sonidos inconfundibles de sexo que venían de su cuarto. Me quedé fuera empalmado, pajeándome y avergonzado mientras escuchaba como se la follaba un niño 23 años menor que ella. La escuché gemir cuando se corrió. Cuando volvió a la cama le pregunté que donde había estado y me dijo que había estado abajo leyendo, porque no podía dormir. Tras esa noche, siguió desapareciendo todas las noches. Yo también me escapaba para escuchar cómo un niño de la misma edad que nuestro hijo se follaba a mi mujer. Como ya se imaginarán, una noche mientras escuchaba pajeándome, salió del cuarto desnuda. Con una mirada de desprecio, regresó a nuestra habitación. Nadie volvió a hablar del tema, pero tras esa noche, ella se escapaba abiertamente cada noche mientras Tobias se quedó con nosotros.

Desde ese momento, ella ha sido dueña de su vida. Mientras se arregla para salir, yo me quedo en aseo viendo como se ducha, se depila el coño y se sienta en la cama para vestirse con ropa interior sexy. A veces, lleva ligas y medias negras. También observo com se maquilla y se pone los tacones. Mientras está fuera, yo imagino con quién está follando, lo que están haciendo y me pajeo para darme placer.

A día de hoy, Lesley tiene 56 años, pero todavía tiene una figura bonita, pelo corto y rubio y piernas largas que vuelven locos a los hombres. En septiembre, estábamos en España pasando la mayor parte de la semana en la piscina del hotel. De nuevo, volvía a ligar abiertamente con dos hombres y ellos se ofrecían ponerle crema en la espalda. Un día, ya estaba cansado del sol y me subí al apartamento. Desde el balcón, pude ver como uno de ellos le masajeaba la espalda y el otro las piernas. Con sus manos exploraban por debajo del bikini y entre los muslos. Cuando volví a mirar, habían desaparecido y tardaron tres horas en aparecer. Sabía que se la habían follado.