Curioseando por una red social de ámbito sexual, Lola y yo descubrimos la hiperespermia. Hasta no hace mucho no habíamos oído hablar de ello. Es una variación física por la cual se produce más líquido seminal, que no tiene por qué ser más cantidad de espermatozoides.
A partir de eso, empezamos a ver vídeos referentes a ese tema y veíamos a machos eyaculando una cantidad indecente de semen, despertando en ambos una curiosidad por indagar más en ello y, sobre todo, encontrar a alguien que colmara los deseos de Lola de tener un encuentro sexual que fuera capaz de, literalmente, descargar una catarata de leche sobre ella.
A Lola le encanta recibir mucho semen en cualquier parte de su cuerpo. Le gustan los bien lecheros; les da un toque de virilidad que a ella le disloca, le excita demasiado. Cuando descubrió dicha disfunción, se obsesionó de alguna manera con este tema.
Así pues, fuimos conociendo, por foros que trataban dicho asunto, a diferentes personas que padecían de esto. Con algunos estuvimos chateando, inclusive con algunas fotos y vídeos. Algunos gustaron más, otros no tanto; otros, después de explicarles nuestra vida sexual libre, rehuían de ello; alguno que, por la distancia, no podíamos concretar una cita. Lo cierto y verdad es que fueron pasando las semanas e incluso los meses hasta que conocimos a Manuel.
Manuel era un chico que vivía no muy retirado de nuestra zona, como a cerca de una hora en coche, y que podía ser viable realizarle una visita. Poco a poco fuimos tratando con él y vimos que era una persona de confianza, cercana.
Físicamente no era un adonis, pero tampoco era, por así decirlo, un piltrafa. Reunía el perfil que Lola estaba buscando para descubrir lo que era tener un encuentro sexual con alguien con hiperespermia.
Era un chico no excesivamente dotado, 17 centímetros de pene, pero su glande, según advertía Lola, era muy apetitoso por ser muy cabezón, tipo champiñón.
He de decir también que, al principio, Manuel fue muy reticente porque creía que nuestro perfil era el de un típico pajillero que estábamos intentando sacarle información o vídeos.
Cuando por fin hicimos una videollamada para demostrarle que Lola era real, que era de carne y hueso y que alguien como Lola se fijara en él para tener un encuentro sexual, él, por así decirlo, se sintió muy impresionado.
Su lado más morboso empezó a discernir, encontrando muy sexy a Lola. La verdad es que es muy fácil decir que es sexy después de ver sus fotos.
Obviamente, Manuel se sintió atraído por Lola y buscamos una fecha para que los tres pudiéramos disfrutar de dicho encuentro.
Esta vez fuimos nosotros los que nos desplazamos a su localidad. Reservamos una noche de hotel y, después de una cena muy agradable, nos dispusimos a unas copas y baile para invitar a crear un ambiente óptimo para lo que iba a suceder en esa habitación de hotel.
Con el transcurso de la noche, las insinuaciones subidas de tono por parte de Manuel se volvieron más directas y picantes, puesto que, en algún baile demasiado arrimado, perreando con Lola, le pudimos advertir cómo su bragueta sospechosamente se elevaba con una incontrolable erección, a lo que los tres nos reíamos a carcajadas, puesto que él se subía por las paredes por irnos a la habitación del hotel.
Así que no tardamos mucho en dar ese paso y nos pusimos a ello.
Toda vez ya en la habitación del hotel, lo primero que nos llamó la atención fue que él subió con una mochila. Llevaba poco peso y, cuando le dijimos qué llevaba en dicha mochila, él sacó un plástico enorme, como de dos metros de diámetro. La verdad es que nos dejó bastante descolocados.
Él, con un tono un tanto más serio, nos comentó que el hecho de eyacular de manera descomunal tenía sus cosas buenas, pero que también tenía sus cosas malas. El plástico, obviamente, era para colocarlo donde fuera a eyacular y no hacer un estropicio en la habitación del hotel.
Tanto Lola como yo nos quedamos sorprendidos porque había algunas veces que nosotros eyaculábamos dejando algún resto sobre la cama, manchándola un poco, y al deshacerla se quitaban las sábanas y listo, solucionado el problema. Manuel nos advirtió que con él eso no era posible, puesto que podríamos tener algún problema en el hotel y no quería incomodar nuestra estancia en este sentido.
Por aquello de su poca experiencia, o mejor dicho, nula experiencia en cuanto a tríos, Manuel se sintió al principio bastante cohibido y reticente a que yo participase en el encuentro. Por mi parte, no hubo ningún problema en estar allí en plan voyeur mientras él se sintiera más seguro con Lola.
Hay que reconocer que, para no haber tenido nunca ninguna experiencia en cuanto a tríos, Manuel se veía con un poco de soltura, aunque con los nervios lógicos de su primera vez.
M — «Estoy un poco nervioso, pero a la vez te tengo unas ganas terribles, Lola. Desde que te vi por primera vez en fotos, jamás pensé que fuera realidad que un pibón como tú se haya fijado en alguien como yo. Tengo unas ganas enormes de poder devorarte».
L — «Ahora, Manuel, solo quiero que te centres en disfrutar mucho. Olvídate de lo demás y déjate llevar por mí. Verás lo bien que lo vamos a pasar».
Obviamente, Lola empezó a tomar la iniciativa. Se acercó a Manuel, puso sus manos por encima de su cuello y empezó a besarlo dulcemente.
Yo, por contra, bajé la bragueta del pantalón, saqué mi polla, me senté en el sofá y empecé a acariciarme viendo la escena.
Manuel, haciendo caso a Lola, se centró en disfrutar. Advirtió cómo yo ya me estaba masturbando con el rabillo del ojo, pero él estaba más ocupado en dar más frenesí a los besos con Lola, buscando con su lengua su boca y azotando el culo de esta dulcemente, poco a poco, cada vez con más intensidad, por encima de su vestido.
Lola, que llevaba un vestido abierto, se lo levantó levemente e invitó a Manuel a que acariciara sus muslos, no por encima del traje.
A Manuel le entraron las prisas típicas del principiante. Quiso desnudar demasiado ligero a Lola y ella fue quien frenó esa opción. Se apartó por un momento de él y ella misma fue quitándose el vestido de manera provocativa, dejando a la vista una lencería espectacular que se había comprado para la ocasión, de color morado, con los tacones también morados a juego.
Lola estaba preciosa esa noche. Él soltó un simple «ooohhh» de admiración cuando se quedó en ropa interior.
Esta, diligente, se dirigió de nuevo hacia Manuel, lo volvió a besar en los labios y se puso de cuclillas, quedando su boca a la altura de la bragueta de Manuel.
Era evidente que la mamada estaba a punto de llegar, y así fue. Le quitó la correa, le desabrochó los pantalones, se los dejó a la altura de los muslos y le bajó los calzoncillos.
El cabezón que tenía por polla Manuel salió como un resorte disparado hacia adelante. Lola lo cogió por la base y empezó a besar dulcemente sus huevos, espetando esta frase:
L — «A ver cómo os portáis esta noche y si soy capaz de aliviaros vuestra descarga».
Fue una situación bastante graciosa ver a Lola cómo, desde el tallo de la verga de Manuel, que agarraba firmemente, les hablaba a los testículos de este, diciéndoles eso de «a ver cómo os portáis esta noche», mientras no paraba de darles besos a ambos huevos y los lamía vehementemente.
Manuel soltó un bramido leve cuando Lola empezó, poco a poco, a absorber cada uno de los testículos, mientras, desde la base de su polla, empezaba a masturbarlo.
Aún su lengua no había subido a su polla; se estaba cebando en comerle los huevos literalmente a Manuel. Este agarraba la cabeza de Lola, apretándola contra sus huevos.
Lola aumentaba el ritmo, cadente, de su mano, masturbando la polla de Manuel. Cuando dejó de apretar la cabeza de Lola, esta se zafó de los huevos de Manuel, soltó la polla, dejando de masturbarla, y, en un impás, hábilmente, le empezó a hacer una garganta profunda, atragantándose y llegando hasta el pubis de Manuel de manera violenta.
Él no se quedó atrás: respondió follando la boca de Lola sin piedad, con bastante rudeza. Se notaba también su inexperiencia en esto.
Para no perder el equilibrio ante el empuje de este, Lola apoyó sus manos en la cintura de él, mientras que Manuel no paraba de darle pollazos que le llegaban hasta lo más profundo de su garganta.
Se veía cómo esos diecisiete centímetros de polla iban perdiéndose dentro de la boca de Lola y la velocidad con la que lo estaba haciendo era muy contundente.
Manuel miraba al techo de la habitación y jadeaba como un loco. Pensé que, con la inexperiencia de este, pudiera tener un gatillazo y correrse pronto. Tuve que intervenir...
Y — «A ver, amigo, tranquilo, tranquilo, tranquilo, para. Relájate, te vas a correr en 0,2. Disfruta de Lola todo lo que puedas. Como todo sea a esta velocidad, no vas a durar nada».
M — «Joder, está demasiado buena Lola. Esto es muy complicado de aguantar, pero empezarás a descubrir lo que es tener la hiperespermia. Me puedo correr y seguir eyaculando y eyaculando una y otra vez y no tener fin. Con una tía tan buena como Lola, mi polla no va a dejar de estar dura en toda la noche. A mí no me hace falta Viagra. Lola me va a implorar que deje de follarla, te lo garantizo».
Más tarde, el bueno de Manuel nos demostró que no se marcó un farol al hacer ese comentario.
No obstante, como tuve que intervenir, Lola se incorporó, dejó de estar de cuclillas delante de este para terminar en la cama. Ella se tumbó, se abrió de piernas con sus tacones puestos y le pidió que le comiera el coño.
Manuel, como un león hambriento, se tiró encima de la cama, le apartó el tanga, le escupió en los labios vaginales y devoró su coño como si no hubiera un mañana.
Lola, sexy como solo sabe ser ella, se sacó sus pechos por encima del sujetador y, a medida que el placer le iba llegando a su clítoris, apretaba la cabeza de Manuel contra su coño, contoneando con movimientos circulares su cintura mientras acariciaba sus pechos.
Manuel, con sus ojos clavados en la cara de Lola, veía cómo esta se comía sus tetas mientras él se afanaba en extraer el salado néctar del coño de Lola...
L — «No pares, cariño. No pares. Sigue, sigue moviendo tu lengua. Sigue, no pares. Oh, sí. Joder, qué rico comes coño. Sigue, no pares, no pares...».
Por aquel momento, descubrí que Manuel, para ser su primer trío, por así decirlo, se desenvolvía con mucha decisión y los pocos nervios o inquietud del principio quedaron atrás, pues, con habilidad y soltura, fue introduciendo un par de dedos por el culo de la yegua de Lola, sin preguntarle siquiera, y por esos momentos ya su ojete andaba más que lubricado por el pequeño charco que se adivinaba en la sábana de la cama.
Decir también que, finalmente, el plástico que trajo Manuel lo colocó en un sofá bastante cómodo, con una fina sábana que también traía y que, por su forma, es ideal para follar en él, pues da lugar a variar cómodamente de posturas.
Ambos se apresuraron en probar. Manuel, elegantemente, tomó de la mano a Lola. Esta, de manera muy sexy, incorporada ya, tomó de su erecta polla a Manuel y, con el compás de sus tacones retumbando en la habitación, aún con su lencería puesta, la cruzaron dirigiéndose al sofá.
Lola se recostó con el culo afuera y las agujas de esos tacones apuntando al techo de esa habitación, agachándose levemente Manuel, buscando el coño de ella, no sin antes jugar con su cabezón, el capullo, por entre sus labios vaginales, frotando con una pasmosa velocidad su clítoris y provocando unos sonoros jadeos, implorando esta que le clavase su estaca de una vez por todas...
L — «Mmmmm... Qué ricura de polla tienes, mi amor. Dámela con cuidado al principio, que ese capullo es demasiado grande...».
M — «Tranquila, zorra. Una vez que entre, lo más gordo será coser y cantar... Ahí la llevaaaassss. ¡Oooohhh! ¡Ggg!».
Cuando fue poco a poco invadiendo Manuel su coño, Lola tensó ambas piernas, que tenía alzadas, durante varios segundos, hasta que su coño se adaptó a su nuevo visitante y, ya más relajada, descansó dichas monumentales piernas en los hombros de este.
Por mi parte, me encontraba un poco ansioso por dos motivos: uno, porque Manuel, no acostumbrado a tener un voyeur a su lado, tuviera algún bloqueo; y otro, el de un muy posible gatillazo al no soportar una mujerón como Lola. Mención aparte, disfrutar esa monstruosa eyaculación que vimos en uno de esos vídeos que recibimos suyos y que hoy iba a tener el privilegio de descargárselo a Lola, y que esta no le había puesto límites: podía hacerlo donde le viniera en gana, incluso hasta un creampie, gracias al DIU que ella lleva desde hace años.
Mantuve una cierta distancia con ellos para que él ganara en confianza, pero mi pajote iba ganando brío viendo que la follada iba incluso mejor de lo que me esperaba.
Y — «Me estás sorprendiendo, y para bien, Manuel. Dale todo lo duro que puedas. Verás cómo Lola te va a hacer correr».
Manuel no me contestó, pero sí me hizo caso. Aumentó la potencia de sus embestidas, alternando con frenazos en seco la follada para retomar con todavía aún más violencia estas.
Lola, motivada por el ansiado final que Manuel le tenía preparado, estaba especialmente gritona. Sus jadeos y bramidos bien podrían oírse por el pasillo.
De repente, Manuel optó por poner a Lola a cuatro patas en el sofá e hizo algo que cachondeó a ella, y de qué manera: levantó parte de la sábana con la que cubrió el sofá y el plástico para estar más cómodos y amordazó entre las comisuras de sus labios la sábana, la boca de ella, como si fuera el bocado que se le coloca a los caballos de montar para amortiguar así sus desesperados gritos por la caña que le estaba ofreciendo Manuel.
M — «¿Te gusta que te azoten? Contesta, puta, cuando te hable, ¿o la callada es un sí? ¡Plaashhh, plaashhh, plaashhh, plaashhh!».
Manuel ignoró el detalle de que ella estaba amordazada por él y tan solo se le escuchaban sonidos guturales.
L — «Uuuummmmm... No pares de bombearme, cabronazo. Sigue así. Dame de tu leche, pero preferiría que aguantaras toda la noche porque follas divinamente...».
M — «Verás la sorpresa que os vais a llevar los dos. ¿Creéis que por verme eyacular automáticamente se acaba la fiesta? Ni Viagra ni pollas en vinagre».
Intercambiaron varias posturas más: él recostado en el sofá mientras ella, de cuclillas en este, se ensartaba hasta sus mismísimos cojones; de lado, metiendo la cara por debajo del brazo de Lola para mamar de su teta más cercana, e incluso un memorable 69, creyendo que ahí es donde le tocaría el gordo a Lola.
Pero, aparte de hiperspermia, era un follador talentoso el bueno de Manuel.
Lo que creímos que era el inevitable final llegó sin esperárnoslo. Él estaba concentrando su mirada en el bambolear de las tetazas de Lola, aplicándole, cómo no, de manera bestial un poderoso misionero, cuando, de repente, le pegó un profundo pollazo con un estruendoso grito de placer acompañado de un...
«¡SIIIIIIII!».
A los tres segundos repitió de nuevo el mismo movimiento, pero esta vez espetó un...
«¡JODEEERRR, PUTAAAA!».
Le sacó la polla de su coño. Me incorporé de donde estaba sentado y me acerqué para recrearme. De su coño salió a presión un flujo considerable de leche, no muy espesa, eso sí, más líquida de lo habitual.
Esta vez, ya levantado, se siguió meneando su polla, saliendo no menos de cuatro chorros enormes disparados a una velocidad asombrosa. Cada chorro era, como entiéndanme, una meada de igual dos o tres segundos, igualmente no espesa, sino más líquida de lo normal.
El primero llegó directo a los tetones de una Lola que barruntaba su merecido orgasmo, ya que ella aún no había llegado al suyo. El segundo fue a la pared, pasó por encima incluso de su cabeza; el tercero atinó divinamente, pues el chorro fue directo a la boca y mejillas; y el cuarto, con menos fuerza ya, de nuevo a sus tetas y barriga.
Impresionaba cómo se escuchaba caer los goterones de leche a la parte de plástico que había en el suelo. Producía un sonido parecido al de las gotas de lluvia cuando caen a un charco.
Así pues, Lola, mientras tanto, Manuel se incorporó, sabiendo que llegaba su merecido premio. Automáticamente, se echó mano a su clítoris, buscando su corrida también...
L — «¡MANUEL, MANUEL! UUUUUUUMMMM, ANIMAL, COCHINO, DAME, DAME, DAME MÁS DE TU LECHE. ¡OOOHHHH, DIOS MÍO, ME CORROOOOOO! ¡AAAAAAHHHHHHGGGGG!».
Lola se estremecía y retorcía de placer, cubierta de semen. Manuel, mientras tanto, viendo que mi pajote también barruntaba mi corrida, me solicitó un detalle.
M — «Cornudo, veo que te llega a ti, ¿verdad? ¿Ves esa mesita baja de color negro? Quiero que eyacules ahí y apunta bien para que caiga todo allí».
Manuel estaba empezando a florecer sus primeros brotes verdes como un buen macho amo corneador. Yo, cómplice de la morbosa situación generada, obedecí a pie juntillas y más tarde encontré la justificación a esa petición.
He de decir que, en general, mis corridas suelen ser bastante generosas y, como ya os he comentado, a Lola le fascina, así que cumplí con un digno corridón de los míos.
Obviamente, el de Manuel me ganaba por goleada, pero esto, tanto Lola como yo, creíamos que ya había terminado. Para nuestra sorpresa, y Lola aún extasiada de su orgasmo...
M — «Date la vuelta, puta. Ponte a cuatro de nuevo...».
L — «¿Qué dices, Manuel? Te has corrido como si no hubiera un mañana...».
M — «Jajajajaja, jajajajaja. Todavía tengo que darte el postre. ¡Te he dicho que te pongas en cuatro, zorra!».
Agarrándola de manera brusca de un brazo, la puso a cuatro patas en el sofá. Al cambiar de posición, de su rostro, tetas y vientre siguió el goteo de semen. Al menos, mal y hombre previsor, Manuel había protegido para la causa el sofá.
Con el cuerpo de Lola mucho menos tensionado, el semen que, al variar de postura, le bajaba de la rabadilla de su culazo al ojete del ano de esta se mostraba más estirado, pues, si bien recordáis, al principio Manuel, mientras le devoró el coño, trabajó con un par de dedos dicho ano.
Conque llegó una situación que a Lola y a mí nos dejó perplejos...
M — «¿Creías que con ese alboroto de culo que te cargas no te lo iba a romper un ratito, zorra?».
L — «¿Cómo puede ser? Estás recién corrido, ya tendrías que empezar a estar flácido...».
M — «Jajajajaja, jajajajaja, jajajajaja. Escucha mi flacidez, guarra... ¡Plaashh, plaashh, plaashh, plaashh! Aún dura como el acero por ti, putona».
El muy cabrón desafiaba la lógica. Es humanamente imposible, con la tralla que llevaba gastada, tener esa dureza en la polla, golpeando un par de veces en cada uno de esos rotundos glúteos que posee Lola.
Por aquel entonces, ni que decir tiene, no hacía falta lubricante siquiera. El mismo resto de semen que había tanto en el ano como en la gloriosa polla de Manuel sirvió para que el desafío de que ese gran capullo que coronaba dicha polla entrase como cuchillo en mantequilla por el culo de una Lola que, en un par de minutos, volvió a tener otro orgasmo de locos.
Mientras Manuel, estirando con ambas manos los glúteos de Lola, ejecutó la misma opción que cuando eyaculó en su coño y, al poco de terminar el orgasmo Lola, Manuel enterró de un salvaje pollazo hasta el fondo del culo a Lola para, de nuevo, repetir un grito de placer con un escueto...
«¡SÍÍÍÍÍ!».
Esta vez no hubo segundo pollazo. Se escuchó como cuando abres un tapón que está cerrado al vacío, al retirarse, escupiendo el ano de Lola un chorro líquido blanco que pronto llegó, por su postura, a sus labios vaginales, y tres chorros, no tan rotundos como los de minutos atrás ni mucho menos, pero que tiñeron de blanco las morenas cachas de Lola, por aquello de estar aún con el color del verano.
Extasiados sin límites los tres, Manuel aún sacó pecho de su extremada virilidad, arrimando la mesa donde yo eyaculé al estropicio que él solo había generado en aquel sofá, parte del suelo y la puta de Lola, que literalmente estaba por delante y por detrás bañada de la leche de Manuel.
Este, con un poco de altanería o chulería, para entenderme, se dirigió a Lola, la agarró con una mano de ambas mejillas, llenadas de su propia leche, y le dijo...
M — «Mira lo que te ofrece tu marido», señalando donde yo había eyaculado sobre la mesa negra, «y mira lo que te voy a ofrecer yo cada vez que me quieras buscar, puta...».
Lola, ya de vuelta a casa, estaba mirando por Trivago el mes que viene volver al mismo sitio...
¿Creéis que le gustó la experiencia?
