Hecho real
8 oct. 2020


Una tarde aburrida en la oficina, recibo un mensaje en el ordenador: ¿quieres una coca-cola?,al llegar ya estaba ella allí, de espaldas, con un vestido precioso, sedoso, con vuelo, dejaba entrever su impresionante figura forjada en los últimos años en el gimnasio, sitio que ahora frecuentaba desde su separación hacía pocos meses.

Al llegar a ella no pude evitar decirle un piropo: «¿qué bien te queda ese vestido?, un poco ruborizada me dio las gracias. Quiero pensar que ese vestido se lo puso ese día porque posiblemente a la salida íbamos a quedar, uno de nuestros encuentros, a veces programados y otros improvisados. Al tenerla de frente, pude ver su magnífico escote mientras me servía la lata de coca-cola que compartíamos en dos vasos de plástico.

«Estoy deseando que sean las 6, ya tengo reservada la habitación, le he pedido hoy la que te gusta a ti», le dije en voz baja, aunque no vi nadie más en la sala pero podía entrar alguien en cualquier momento, «vale, yo también tengo ganas», contestó. Me quedé mirando con cara de deseo y pensando lo que le iba a hacer en la habitación, ese vestido me estaba poniendo malo, pero en ese momento entró una persona a por un café a la máquina, y comencé con un tema de conversación laboral para disimular, así estuvimos varios minutos, hasta que me di cuenta que volvimos a quedarnos solos de nuevo.

Mientras ella seguía hablando le corté diciéndole: «quiero que vayas al aseo, te quites las bragas y me las des». Noté cómo se quedó perpleja de mi petición, se quedó en silencio, dudo un instante y anduvo hacía el aseo que había en la salita. Tras un minuto, volvió sonrojada con sus braguitas en la mano, bien apretada para que no se notase lo que llevaba. Disimuladamente me las dio en la mano y yo las metí en mi bolsillo del pantalón. «Si eres buena te las devuelvo esta tarde, depende como te portes conmigo», le susurré.

Acabamos la bebida y cada uno volvimos de nuevo hacía nuestro sitio. Yo antes pasé por el baño. Quería ver, oler, saborear esa prenda en la intimidad. Eran preciosas y olían a su sexo, tras examinarlas pensé que el sitio mejor para guardarlas era dentro de mi calzoncillo, al lado de mi pene, que ya estaba bastante excitado por la situación. Volví a mi puesto de trabajo y continué pensando en lo que iba a suceder a la salida.

Por fin llegó la hora de salida, solíamos salir por separado para no levantar sospechas entre los compañeros, desde mi ventana se veía la calle y esperaba verla pasar dirigiéndose hacía nuestro apartamento de alquiler por horas que afortunadamente estaba cerca del trabajo. Por fin la vía cruzar la calle, con su vestido, con esos tacones que tanto me gustaba que se pusiese para mí, y pensando que debajo le faltaba la ropa interior que yo tenía guardada en buen sitio.

A los cinco minutos salí yo, mi paso era más rápido, pero al haber poca distancia ella y había llegado, cogió la llave de recepción y ya me esperaba en la habitación, me puso un mensaje que estaba lista y súperexcitada, ir andando por la calle sin bragas le había provocado mucho. Le contesté que estaba llegando, que me esperase de pie en mitad de la habitación, con la puerta entreabierta y con nuestro pañuelo de juegos en los ojos, y que no dijese ni una palabra hasta que yo se lo permitiese.

Subí corriendo las escaleras del bloque de apartamentos y por fin llegué a la puerta de nuestra habitación de lujuria, empujé y ví la preciosa imagen de ella, cerré la puerta trás de mí y me dediqué a observarla sin decirle nada, mientras me deshacía de mi reloj y cartera. Tras unos minutos, le pedí que abriese un poco las piernas, al contraluz se veía su hermosa figura, sus bonitas y fuerte piernas embellecidas con esos tacones tan sexys.

Me acerqué lentamente y acercando mi cara a la suya le susurré al oído, «estás preciosa», me contestó gracias a lo que yo le recriminé, «shshsh, tienes prohibido hablar hasta que yo te lo diga». Mis manos comenzaron un recorrido por su cuerpo, desde sus labios, cuello, estrujé sus preciosos pechos mientras acercaba mis labios a sus pezones por encima del vestido, apreté su apretado culo con un tacto delicioso, para llegar al final del vestido y esta vez por dentro de él recorrer hacía arriba sus piernas y llegar a su coño, libre de ropa interior, empapado, suave, tierno, jugoso, apetecible… Noté cómo su cara cambiaba al tocarle su sexo, le estaba gustando, no había duda. Me excitaba mucho verla así, con los ojos vendados, con ese vestido y toda para mi disfrute. Tras acariciarle el coñito un breve tiempo, mis manos continuaron su camino, deslizándose por sus voluptuosas piernas hasta llegar a sus tobillos, agachado, acaricié sus zapatos, siempre he sido fetichista, y continué levantando su vestido y con mi lengua acariciando su vulva, qué rico, aún lo recuerdo. Con mi mano le abrí las piernas un poco más para poder acceder mejor a saborear el manjar que tenía delante, saboreándolo también con mis labios.

Podía sentir desde ahí abajo por sus movimientos, el placer que le estaba provocando, así estuve un tiempo más hasta que decidí cambiar de postura. Me levanté, ella seguía en la oscuridad de su pañuelo, cogí su mano y la llevé hasta la encimera de la cocina americana que había en el apartamento, me apoyé en ella mientras le besaba los labios. Al mismo tiempo me desabroché mi bragueta y acompañé su mano hasta mi pene, una vez reconoció lo que tenía en la mano, lo acarició con destreza. Mi verga creció rápidamente en su mano, me bajé los pantalones y el calzoncillo, no sin antes retirar su braguita que seguía guardada en ese lugar, para facilitarle el espacio para el masaje que me estaba realizando, ya con las dos manos.

Seguía besando sus labios, cuando ella misma se agachó y buscando mi polla la acarició con sus labios y lengua, lentamente, como sabía que a mí me gustaba. Mi polla ya estaba en su máximo tamaño, y me dediqué a jugar con ella en su cara, a acercarle mis testículos mientras los masajeaba con su lengua, y a introducírsela en la boca mientras dentro de ella no paraba de mover la lengua, dándome un placer enorme. Probé a llegar hasta el fondo, en las últimas citas intentábamos practicar garganta profunda, hasta que vi que no podía respirar y volví a jugar sólo con el glande en sus labios. Así estuve un tiempo, cuando noté que ya se estaba cansando de estar en cuclillas, le ayudé a levantarse y la liberé de su pañuelo mientras la besaba con ardor, agradeciéndole el momento que me había hecho disfrutar.

Para que descansase un poco, le ayudé a subir a la encimera y sentarse en ella, subiendo el vestido y abriendo bien sus piernas, de tal forma que nada más acercarme a ella mi polla ya estaba apunto de entrar en su coño, se notaba que ella estaba deseando que la penetrase, pero quise extender este momento y disfrutar un poco más de la situación. Mientras la besaba mi glande acariciaba su clítoris, provocando un placer enorme en ambas partes, no hizo falta ayuda para que se deslizase mi polla en su húmedo orificio, caliente y suave, llegué hasta el fondo y me mantuve unos segundos inmóvil viendo su cara gozar.

Me salí despacito y despacito se la volví a introducir, repetí varias veces esta acción, me salía totalmente de ella y a continuación volvía a entrar sin ninguna dificultad ni ayuda de mis manos. Cuando ya empezaba a ser incómoda su postura sobre la encimera, la penetré hasta el fondo y cogiendo su apretado culo, la levanté sin salir de dentro de ella y la llevé hasta la cama, la senté en el borde, y agachándome sobre ella, la follé como se merecía.

Tras unos minutos, sabía que estaba deseando que la colocase en su postura favorita, así que le ayude a quitarse el vestido y a ponerse a cuatro patas, como una perrita, orientando su cara frente al espejo de la pared, y la penetré por detrás viendo en nuestras caras en el espejo como disfrutábamos mutuamente. Tenía unas vistas increíbles, su cara gozando, su cuerpo fibrado ante mí, mis manos en sus caderas mientras veía su precioso culo y como mi polla entraba y salía de su jugoso coño. Noté cómo se corría en esa postura, la que más le gustaba a ella, la que más sentía que estaba dentro de ella, dejé que disfrutase de su momento, se lo había ganado.

Yo estaba tan excitado que sabía no iba a aguantar mucho más, apreté fuerte sus caderas con mis manos para sentirla más todavía, y tras unas pocas embestidas le pedí que se diese la vuelta y acercase su boca para poder eyacular dentro de ella. Por poco no me da tiempo, nada más acercar su boca solté un chorro de esperma que cayó gran parte dentro de su boca, mientras me acariciaba con sus labios el glande y limpiaba con su lengua el blanco líquido que quedaba. Se tragó todo, no dejó una gota, sabía que eso me ponía a mil, le ayudé con un dedo a limpiar restos que quedaban en sus labios, mientras me chupaba el dedo como si se hubiese quedado con ganas de seguir chupando mi polla. Esa imagen se me quedará siempre en el recuerdo.

Tras unos segundos de descanso, nos levantamos, nos volvimos a besar y fuimos a asearnos. A la vuelta, recogimos la ropa desperdigada por la habitación, nos vestimos y me acerqué a ella besándola en la mejilla, diciéndole «me ha encantado, te devuelvo lo que es tuyo», y por supuesto le ayudé a ponerse su braguita debajo de su vestido…