El calor era sofocante y la playa empezaba a vaciarse. Apenas quedaban unas pocas parejas y algún bañista solitario. Mi mujer llevaba un bikini negro que parecía atraer todas las miradas, aunque solo una destacaba por encima de las demás.
Aquel hombre no fingía indiferencia.
Cada vez que ella se levantaba para acercarse al agua, él la seguía con la vista. Y ella… lejos de sentirse incómoda, parecía disfrutar de aquella atención. No era una provocación evidente; era una sonrisa fugaz, una mirada sostenida un segundo más de lo habitual.
—Voy al paseo a comprar algo de beber —le dije.
Ella levantó la vista, sonrió y asintió.
Mientras me alejaba, una extraña sensación se instaló en mi cabeza. No sabía si eran los celos o la curiosidad. Al volverme un instante, vi que aquel desconocido ya caminaba hacia la orilla.
No regresé enseguida.
Desde la distancia distinguía dos siluetas hablando dentro del agua. Las olas rompían contra sus cuerpos, ocultándolos por momentos. Reían. Él se acercaba un poco más. Ella no daba un paso atrás.
Cada ola parecía borrar la distancia entre ellos.
Permanecieron allí varios minutos, aislados del resto del mundo, como si el mar hubiera creado un espacio donde nadie pudiera interrumpirlos.
Cuando finalmente ella regresó, el sol ya estaba muy bajo.
Se dejó caer sobre la toalla, respiró hondo y me dedicó una mirada distinta. No había culpa en sus ojos. Solo un brillo nuevo, imposible de interpretar.
—¿Has tardado mucho? —preguntó con una media sonrisa.
Negué con la cabeza.
El hombre recogió sus cosas y se marchó sin volver a mirar atrás.
Nosotros tampoco dijimos nada.
Pero el silencio que compartimos durante el camino de vuelta tenía más fuerza que cualquier conversación. Había preguntas que ninguno quería formular… y respuestas que quizá ambos preferíamos dejar escondidas entre las olas.
