"The Velvet Lounge" Un hotel de lujo en una ciudad cosmopolita. El bar es un espacio semicerrado, iluminado por luces ámbar tenues, con paredes revestidas de terciopelo rojo oscuro y un aroma a cuero caro, whisky añejo y perfumes costosos. Es el lugar donde la gente va a fingir que no desea lo que desea.
Él: Un hombre de presencia imponente, vestido con un traje hecho a medida que deja adivinar una musculatura firme. Tiene una mirada depredadora y una calma gélida que esconde un hambre voraz.
Ella: Elegante, con un vestido de seda que se desliza sobre sus curvas como agua, dejando mucha piel a la vista en la espalda. Irradia una confianza sofisticada, pero sus ojos delatan una urgencia desesperada por ser poseída.
Son completos desconocidos. No se han dicho una sola palabra, pero llevan treinta minutos cazándose con la mirada a través de las copas de cristal. Hay una regla implícita en este hotel: discreción absoluta. Pero el aire entre ellos está cargado de una electricidad estática que hace que el vello de la nuca se erice.
Él la observa beber un sorbo de su cóctel, fijándose en cómo su lengua humedece sus labios rojos. Ella, consciente de su mirada, arquea la espalda ligeramente, permitiendo que el escote se abra un milímetro más, desafiándolo a que rompa la distancia.
Finalmente, él se levanta. No pide permiso. Camina hacia ella con pasos lentos y pesados. Cuando llega a su lado, no la saluda; simplemente desliza su mano, caliente y firme, sobre la curva de su muslo, apretando la carne con fuerza mientras se inclina hacia su oído.
— "Llevas toda la noche invitándome a hacerte cosas que te harían olvidar tu propio nombre" —le susurra con una voz ronca que vibra contra su piel.
Ella suelta un jadeo involuntario, sintiendo cómo su núcleo se empapa instantáneamente. La prohibición de estar en un lugar público, la posibilidad de que alguien los vea, solo hace que la excitación sea insoportable. Ella inclina la cabeza, exponiendo su cuello, y responde en un susurro quebradizo:
— "Entonces deja de mirar y llévame a algún lugar donde puedas hacérmelo todo".
No hay tiempo para sutilezas. El deseo ha superado el límite de la razón.
Él la agarra del brazo con una firmeza posesiva, casi brusca, y la guía hacia el ascensor. En el momento en que las puertas se cierran, el silencio del cubículo es interrumpido por el sonido violento de sus labios chocando. Es un beso hambriento, cargado de saliva y urgencia, donde sus lenguas luchan por el dominio mientras él la empuja contra la pared metálica fría.
— "No tienes idea de cuánto tiempo he estado imaginando cómo sonarías cuando te abra las piernas" —gruñe él, bajando la mano con rapidez para apretar su sexo a través de la seda del vestido.
Ella suelta un gemido agudo, arqueando la espalda y apretando sus muslos contra su mano. Está empapada; la tela del vestido está húmeda, y la presión de los dedos de él contra su clítoris la hace temblar. Ella desesperadamente intenta bajarle la cremallera del pantalón, ansiosa por sentir la dureza de su erección contra su palma.
Cuando las puertas del ascensor se abren en el piso de la suite, no caminan: se arrastran el uno al otro, besándose con una ferocidad animal. En cuanto entran en la habitación, él cierra la puerta con un golpe seco y la lanza sobre la cama king-size.
Él no se quita la ropa por completo; deja que el contraste del traje caro y la seda del vestido añadan tensión. La sujeta de las muñecas sobre su cabeza con una sola mano, inmovilizándola, mientras con la otra desliza el vestido hacia arriba, exponiendo sus caderas y sus bragas de encaje ya empapadas.
— "Vas a hacerme todo lo que quiera, y no te vas a mover hasta que yo te lo permita" —le ordena, su voz ahora un comando oscuro.
Él arranca las bragas con un tirón brusco que la hace jadear. Se posiciona entre sus piernas, pero no entra de inmediato. Empieza a jugar con ella, usando su lengua para lamerla desde la base de su vagina hasta el clítoris, succionando con fuerza mientras sus dedos penetran su estrecho canal, estirándola, preparándola. Ella grita, enterrando los dedos en las sábanas, su cuerpo sacudiéndose en espasmos mientras el placer la abruma.
Él se levanta y se deshace de su pantalón, revelando un miembro grueso y palpitante que gotea deseo. La voltea bruscamente, poniéndola a cuatro patas sobre la cama, obligándola a mirar su reflejo en el espejo frente a ellos.
— "Mira cómo te deseo. Mira cómo voy a destrozarte" —le dice, golpeando sus nalgas con la palma de la mano, dejando una marca roja que contrasta con la piel blanca.
Sin previo aviso, él se posiciona detrás y entra de un solo impulso, hundiéndose profundamente en ella con un golpe seco que le saca el aire. Ella suelta un grito ahogado, sintiendo cómo él llena cada rincón de su interior, estirándola hasta el límite. El ritmo es frenético, sucio, sin espacio para el romance; es pura fricción y carne. Él la agarra del cabello para tirar de su cabeza hacia atrás, obligándola a mirarlo mientras embiste con una potencia brutal, el sonido de sus cuerpos chocando llenando la habitación.
— "Dime que eres mía, maldita sea, ¡dime que quieres que te llene!" —le ruge al oído mientras acelera la velocidad, golpeando su cuello uterino con cada embestida.
Ella solo puede balbucear palabras inconexas, su clítoris rozando las sábanas en cada golpe, llevándola a un orgasmo violento que la hace contraerse alrededor de él. Cuando ella llega al clímax, él suelta un gruñido gutural y descarga todo su semen dentro de ella, llenándola completamente mientras se desploma sobre su espalda, jadeando, exhaustos y marcados por la urgencia de lo prohibido.
