El juego del probador
No habíamos ido a los grandes almacenes buscando ninguna aventura. Ni siquiera había sido un plan. Era una de esas tardes en las que entras para comprar un par de cosas y terminas recorriendo plantas sin demasiada prisa.
Mi mujer quería mirar ropa para las vacaciones.
—Necesito un bikini nuevo —me dijo mientras subíamos por las escaleras mecánicas.
Aquello parecía lo más inocente del mundo.
Hasta que llegamos a la sección de baño.
Siempre había sabido que a mi mujer le gustaba sentirse atractiva. También sabía que disfrutaba especialmente cuando algún hombre se fijaba en ella. Nunca necesitaba hacer nada demasiado evidente: le bastaba descubrir una mirada que duraba un segundo más de la cuenta.
Y yo había aprendido a reconocer perfectamente cuándo se daba cuenta.
Aquella tarde ocurrió enseguida.
Mientras revisaba los bikinis de un expositor, dos hombres pasaron junto a nosotros y uno se volvió discretamente para mirarla.
Ella lo vio reflejado en un espejo.
No dijo nada.
Simplemente sonrió.
—Te ha mirado.
—¿Quién?
Lo dijo con una inocencia tan exagerada que tuve que reírme.
—Sabes perfectamente quién.
Ella continuó buscando bikinis.
—¿Y qué quieres que haga?
—Nada. Si te encanta.
Esta vez me miró directamente.
—Un poquito.
Ese era su pequeño secreto exhibicionista.
No consistía necesariamente en enseñar. Lo que realmente la excitaba era provocar la curiosidad. Saber que alguien deseaba mirar y decidir ella hasta dónde permitía que lo hiciera.
Por eso comenzó escogiendo bikinis bastante normales, pero poco a poco fue cambiándolos.
—Este no. Demasiado tapado.
Encontró otro.
—Este quizá.
Después encontró uno bastante más atrevido.
—Este me gusta más.
—Ya veo por qué.
Sonrió.
Terminó llevando cinco al probador.
Yo me senté frente a los vestidores mientras ella desaparecía detrás de una cortina.
Unos minutos después salió con el primero.
—¿Qué tal?
—Muy bien.
—¿Solo muy bien?
Se colocó delante del gran espejo común y giró lentamente para verse desde distintos ángulos.
Entonces aparecieron tres hombres que esperaban a pocos metros mientras sus parejas miraban ropa.
Los tres repararon en ella.
Mi mujer también reparó en ellos.
Y volvió aquella sonrisa.
En lugar de regresar inmediatamente al probador, permaneció delante del espejo un poco más. Se arregló el pelo. Se giró otra vez.
—¿Este me favorece?
Comprendí que la pregunta iba dirigida a mí, pero la representación tenía más público.
—Mucho.
Uno de los hombres seguía mirándola.
Ella se acercó a mí.
—El de la camisa azul no deja de mirar.
—Porque tú no dejas de darle motivos.
—¿Yo?
Volvía aquella falsa inocencia.
Regresó al probador y escogió el bikini más pequeño de todos.
Cuando salió nuevamente, ya no hizo ninguna pregunta.
Simplemente caminó hacia el espejo.
Vi perfectamente cómo los tres hombres la observaban.
Ella también.
Esta vez incluso cruzó la mirada con uno.
Dos segundos.
Quizá tres.
Suficientes.
Regresó lentamente hacia mí.
—Este es demasiado atrevido, ¿verdad?
—Precisamente por eso lo has elegido.
Se inclinó hacia mí y susurró:
—¿Se nota tanto?
—Te conozco.
Miró hacia los hombres.
—¿Crees que les gusta?
—Pregúntaselo.
Esperaba que se riera.
Pero no lo hizo.
Se quedó pensativa durante unos segundos y regresó hacia el probador.
Antes de entrar, miró otra vez al hombre de la camisa azul.
Y dejó la cortina ligeramente abierta.
Aquello ya no parecía accidental.
El hombre también lo comprendió.
Ella desapareció detrás de la tela. De repente, su mano apareció sujetando la cortina y la abrió un poco más.
—Perdona…
El hombre levantó la mirada.
—¿Yo?
—Sí, tú. Necesito una opinión masculina.
Él me miró inmediatamente.
Después volvió a mirarla.
—¿Sobre el bikini?
—Claro.
La falsa inocencia ya no engañaba absolutamente a nadie.
—Pero desde ahí no vas a verlo bien.
El hombre dudó.
Después se acercó y entró.
Mi mujer cerró la cortina.
Al principio escuché sus voces. Ella preguntándole qué le parecía, él contestando algo que no conseguí entender.
Después una risa.
Y poco a poco dejaron de hablar.
Pasó un minuto.
Luego otro.
La cortina se movió ligeramente.
Escuché susurros.
Alguna respiración que mi mujer intentaba contener.
Aquello había dejado de tener cualquier relación con elegir un bikini.
—Más bajo… —la escuché murmurar—. Estamos en unos grandes almacenes.
Después, silencio.
Yo permanecía sentado enfrente, mirando aquella cortina y dejando que mi imaginación completara todo aquello que no podía ver.
Cuando finalmente el hombre salió, llevaba la camisa algo descolocada.
Mi mujer no apareció.
Esperé.
Entonces una mano salió entre las cortinas.
Señaló al segundo hombre.
—Ahora tú.
Él abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
Ella abrió apenas la cortina. Solo podía verse su rostro y un hombro.
—¿Vas a entrar o no?
El segundo hombre miró a su amigo.
Después me miró a mí.
Finalmente entró.
La cortina volvió a cerrarse.
Esta vez ni siquiera hubo conversación sobre el bikini.
Solamente escuché algunas palabras sueltas, movimientos detrás de la tela y la risa contenida de ella.
Entonces llegó una frase perfectamente audible:
—Mi marido está justo fuera.
El hombre respondió algo demasiado bajo para que pudiera entenderlo.
Ella volvió a reír.
—Ya lo sé…
Aquello era precisamente parte del juego.
Ella quería saber que yo estaba allí.
Quería saber que escuchaba.
Y quería que ellos también lo supieran.
Cuando el segundo hombre salió, mi mujer permaneció otra vez dentro.
El tercero ya había entendido perfectamente cómo funcionaba aquello.
Se acercó lentamente.
La cortina se abrió unos centímetros.
—¿También quieres darme tu opinión? —preguntó ella.
—Después de ellos dos, claro.
Mi mujer miró directamente hacia mí.
Aquella expresión decía mucho más que cualquier confesión.
—Pues entra.
Y cerró la cortina detrás de él.
Esta vez estuvieron dentro todavía más tiempo.
Una dependienta pasó cerca de los probadores y durante unos segundos pensé que descubriría lo que estaba ocurriendo.
Yo fingí mirar el móvil.
La mujer pasó de largo.
Entonces escuché desde dentro una risita.
—Casi nos pillan.
Después volvieron los susurros y el movimiento de la cortina.
Ya no necesitaba ver nada.
Cuando finalmente el tercer hombre salió, evitó mirarme directamente.
Los tres permanecieron juntos unos metros más allá.
Mi mujer tardó todavía unos minutos en aparecer.
Cuando lo hizo, llevaba nuevamente su vestido.
Tenía el cabello algo revuelto y sostenía los cinco bikinis entre las manos.
Salió del probador con absoluta tranquilidad.
Los tres hombres la observaron.
Ella pasó junto a ellos como si jamás los hubiera visto.
Llegó hasta mí.
—¿Nos vamos?
Miré los bikinis.
—¿Y cuál compras?
Los contempló durante unos segundos.
Después levantó la vista hacia aquellos tres hombres.
—No sé. He recibido tantas opiniones que ahora tengo todavía más dudas.
Sonrió.
Devolvimos cuatro bikinis y nos quedamos con el más atrevido.
Mientras bajábamos por las escaleras mecánicas, ella se colocó junto a mí.
—Estás muy callado.
—Estoy pensando en cuánto has tardado en probarte cinco bikinis.
Intentó contener la sonrisa.
—Soy muy indecisa.
—Ya.
Se acercó todavía más.
—Además, necesitaba asegurarme de que gustaba.
—Creo que ha quedado bastante claro.
Miró hacia atrás.
Los tres hombres continuaban arriba.
Uno de ellos seguía observándola desde la barandilla.
Mi mujer levantó discretamente la mano para despedirse.
Después se acercó a mi oído.
—La próxima vez elegimos lencería.
Y siguió bajando las escaleras como si aquella tarde solamente hubiéramos ido de compras.
